DORIS GIBSON: INQUEBRANTABLE DAMA LEGENDARIA DEL PERIODISMO DEMOCRÁTICO EN EL PERÚ

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Con la reciente desaparición de Doris Gibson, la legendaria fundadora de la revista Caretas, -una de las más importantes pioneras del periodismo independiente y democrático en el  país- se cierra probablemente una de las etapas heroicas del periodismo nacional. El cúmulo de distinciones y homenajes que recibió hacia el final de su agitada vida, y a raíz de su muerte, a los 98 años, evidencian un reconocimiento general a su inquebrantable y valiente obsesión por hacer patria a través  de la libertad de expresión y la prensa libre. 

Doris fue condecorada con la Orden del Sol del Perú, en 1981, durante el segundo mandato del presidente Fernando Belaúnde. En el 2002, recibió la Orden al Mérito por Servicios Distinguidos en el grado de Gran Cruz, de manos del presidente Alejandro Toledo, entre otras varias distinciones.  Al multitudinario homenaje que se rindió a sus restos en la plaza de armas de Lima, frente a las oficinas de Caretas, el 24 de agosto del 2008, acudió el Presidente Alan García, acompañado de varios ministros y pronunció un emotivo discurso en honor de quien fuera en otras épocas leal crítica a su partido. Antes de dirigirse a su morada definitiva, el féretro de Doris Gibson dio una vuelta a la plaza en hombros de familiares, periodistas y políticos seguido por la Banda de Guerra de la Marina del Perú. Algo que ella jamás hubiera imaginado.

De volcánica estirpe arequipeña, Doris, al frente de Caretas desde su fundación, en 1950, enfrentó bravamente innumerables acosos, requisas y clausuras de la revista por las diferentes dictaduras, militares o no, que se han sucedido en el país en los últimos 58 años. Doris Gibson fundó Caretas inicialmente como mensuario en Octubre de 1950, en sociedad con el periodista peruano de origen vasco Francisco Igartua. Desde el inicio, Caretas luchó por la urgente necesidad de una profunda transformación social, económica y política del Perú, cuestionando el  régimen latifundista colonial de la propiedad de la tierra  y la cruel explotación del  campesinado que prevalecía entonces. Criticó también duramente el asfixiante manejo monopólico de los recursos nacionales por pequeños grupos oligárquicos y extranjeros, lo que mantenía en la pobreza y el atraso a las clases medias y populares del país.

Caretas fue requisada y clausurada por primera vez en 1956 por el gobierno militar del general Manuel A. Odría, que años antes había instaurado la Revolución Restauradora y derrocado al Presidente Constitucional, José Luis Bustamante y Rivero, que pretendía hacer un gobierno renovador con apoyo del Apra y Haya de la Torre.Doris salió a las calles a enfrentar al personal de Seguridad del Estado que buscaba impedir la circulación de la revista, lo cual no se pudo lograr completamente gracias a  las maniobras distractivas de la audaz periodista. Desde 1956, durante el segundo gobierno  del conservador Manuel Prado,  la revista tuvo que resistir un  solapado bloqueo económico, que buscó sofocar a la incomoda publicación desalentando a sus anunciadores. Esta modalidad tampoco tuvo éxito gracias a  la gestión de Doris para lograr el apoyo de valientes anunciadores independientes que estaban de acuerdo con los postulados de Caretas.

Pero los tiempos mas difíciles que tuvo que enfrentar Doris Gibson, al timón de Caretas, fueron durante los 12 años de la revolución militar del General Juan Velasco Alvarado, y su segunda etapa, liderada por el General Francisco Morales Bermúdez. Entre 1968 y 1980 Caretas fue clausurada seis veces. Desde 1976 Caretas fue cerrada durante dos años y su director Enrique Zileri Gibson, hijo de Doris, permaneció deportado. Para sobrevivir y mantener al personal de Caretas, -Doris sacó entonces otra revista, “Espejo”, con ayuda de jóvenes periodistas como Lotta Burenius, Daniel Camino, Carlos Aramburu y el joven Fernando Ampuero. Espejo fue una Publicación femenina, de modas y temas del hogar, pero que, entre líneas, deslizaba críticas al régimen militar. Luego dejó de publicarse cuando se reabrió Caretas. Nuevamente, la gestión personal de Doris frente a indóciles anunciadores salvó a la empresa de una  probable quiebra y desaparición.

Durante estos últimos 58 años, Caretas ha sido un vigía infatigable de la marcha del país, colaborando activamente con sus editoriales, sus artículos y reportajes  a preservar el buen rumbo y el prestigio de la nación. Es por ello que Doris y Caretas se han ganado un espacio privilegiado en el corazón de los peruanos.

Genio y Figura

Contra lo que muchos creen, Doris Gibson no nació en Arequipa sino en Lima, por accidente, en 1910. La anécdota cuenta que su madre en avanzado estado de gestación tuvo que ser desembarcada de emergencia en el puerto del Callao cuando sus padres se disponían a viajar a Arequipa. Vio la luz en la calle Orejuelas del jirón Ica, casi al frente de la iglesia colonial de San Sebastián, la segunda más antigua de Lima, parroquia que desde hace años está a cargo del padre Serpa, protector de  niños abandonados, con quien Doris colaboraba desde hace años. (Por una paradoja del destino, El Padre Serpa ofició, en San Sebastián, la primera misa por Doris al mes de fallecida).
   
Sin embargo, por ancestro y temperamento, Doris siempre se consideró arequipeña y visitaba asiduamente esa tierra cívica y rebelde, promoviendo su pujanza industrial.
Alguien le dijo alguna vez: -“Una arequipeña nace donde quiere”. Nacida en el seno de una familia  acaudalada de Arequipa, Doris Gibson pudo contentarse con ser una damita de sociedad o una apacible ama de casa, pero decidió ser una mujer de acción. Su abuelo paterno, Enrique W. Gibson, fue un rico empresario arequipeño a quien se recuerda por ser el primer impulsor de la exportación de lana de alpaca y vicuña a Europa, a fines de 1800.

Su padre, en cambio, fue el contestatario poeta arequipeño Percy Gibson Moller, vinculado al grupo “Colónida”, de Abraham Valdelomar, y discípulo espiritual de don Manuel Gonzáles Prada, con quien trabajó en la Biblioteca Nacional, entre 1912 y 1918, cuando este fue director. Por la vertiente materna, Doris también proviene de familia de intelectuales y poetas. Su madre, doña Mercedes Parra del Riego, fue hermana del poeta modernista Juan Parra del Riego, famoso por sus originales “polirritmos” al futbol y la motocicleta, que murió en Uruguay y actualmente es considerado poeta nacional de ese país.

Su abuelo materno, el coronel Domingo Parra Aubilá, fue lugarteniente de “El Califa”, don Nicolás de Pierola, Prefecto de Arequipa y Ministro de Estado del gobierno pierolista del presidente Eleodoro López de Romaña. En ese ambiente, a la vez poético  e ideológica y políticamente convulso, no es de extrañar que la adolescente Doris Gibson haya  recibido sus primeras influencias.  Muchas de esas inquietudes sociales quedaron en ella germinando para posteriormente inspirar su trabajo periodístico

Durante su adolescencia Doris tuvo que desarrollar un precoz sentido maternal, pues le tocó a ella cuidar a sus ocho hermanos y hermanas, ya que sus padres viajaban frecuentemente. Ese sentimiento maternal siempre estuvo presente cuando se trató de la gente que trabajó con ella en Caretas.  Cuando cumplió 13 años de edad se trasladó con su familia a vivir a Lima. Estudió con poco entusiasmo en el colegio Chalet de Chorrillos, pues no congeniaba mucho con la disciplina religiosa de las monjas francesas.
Como la mayoría  de las mujeres de su época, no tuvo mayor formación académica. Doris aprendió los secretos del periodismo y la publicidad de forma empírica, Y en algunos casos los “inventó”. No existían entonces escuelas de periodismo, ni facultades de de ciencias de la comunicación ni de administración de empresas.

Su formación humanista fue enteramente autodidáctica. Suplió esta deficiencia con intensas y ordenadas lecturas, guiadas por su amiga Carmen Pizarro, quien también la llevó a la Escuela de Bellas Artes  para que modelara. Allí Doris se sumó con entusiasmo juvenil a la vida bohemia de Lima y se hizo muy amiga de artistas de la talla de José Sabogal, Julia Codesido, Quispes Asín,  Enrique Camino Brent, entre muchos otros.

 En 1929, Doris se casó en Lima con el diplomático argentino Manlio Zileri, con quien tuvo a Enrique, su único hijo, y quien desde 1963 ha sido director de Caretas. El matrimonio duró solo siete años. Al parecer Doris no se percibía como la rutinaria esposa de un diplomático de carrera en el extranjero.

Moderna, activa e independiente, Doris  trabajó siempre, rompiendo todos los esquemas de su época. Abrió el camino para muchas muchachas de hoy
Fue profesora de gimnasia en un colegio particular, administró y subarrendó departamentos amoblados por ella a extranjeros, vendió ropa de alta costura francesa entre Buenos Aires y Santiago, entre otras actividades.

Nacida para el Periodismo

Su primer contacto con un medio de prensa lo tuvo en 1938, cuando se incorporó como publicista a la revista Turismo, un magazine ilustrado con fotos, de gran formato, que  auspiciaba el  nuevo Touring Club del Perú y que se encargaba de promover el incipiente turismo interno en el país,  dando cuenta también de la vida social y cultural y, de paso,  de las actividades  políticas nacionales. Era la época del gobierno del General Oscar R. Benavides.

En Turismo, que dirigían Jorge Holguín de Lavalle, Miguel Benavides Corbacho, y Miguel Roca Muelle, Doris conoció a muchos periodistas y hombres de negocios importantes y aprendió los secretos de cómo financiar con anuncios una publicación en el Perú. En 1940, colaboró comercialmente con el Diario La Prensa, importante matutino que acababa de comprar el empresario Pedro Beltrán Espantoso. Hace poco Doris le contaba a un pariente: -“Beltrán me respetaba mucho, literalmente le llene de avisos su periódico, que tenía muy pocos, pues la mayoría se publicaba en el Comercio. Era importante apoyar a otro diario”.

Luego de vivir algunos años en Buenos Aires, Doris regresó al Perú y, en 1950, conoció al periodista Francisco Igartua  con quien inició un romance y, al poco tiempo, decidieron fundar Caretas. Con 10 mil soles de esa época y una cámara fotográfica prestados por su tío Manongo Parra del Riego, Doris e Igartua iniciaron  una aventura periodística que se ha convertido en la primera revista nacional y la más  longeva de América Latina. Trece años mas tarde, Igartua decidió fundar el semanario Oiga y se apartó de Caretas.

En los años 50,  a sus 40 años de edad, Doris Gibson era una de las mujeres más hermosas, elegantes e interesantes de Lima. Alta, curvilínea y de una personalidad impactante, lucía más como una estrella del cine francés que como una periodista y publicista en ciernes. Cuidaba mucho su prestancia, sabía vestirse con elegancia europea. Usaba ropa muy fina de diseñadores franceses. Una o dos veces por semana acudía religiosamente al salón de belleza de Elizabeth Arden, frente al Hotel Bolívar, donde la atendían como a una reina.

La belleza sui generis de Doris fue algo que la ayudó. Pero no fue la razón de su éxito. Quienes la conocieron bien concuerdan en que su éxito fue el resultado de su gran inteligencia intuitiva, de su carisma personal, pero sobre todo de su férrea voluntad de no dejarse doblegar por adversidad alguna. De su deseo de realizarse como ser humano  libre e independiente. De sus enormes ganas de construir algo importante y significativo.

Este anhelo se concretó en Caretas, un medio de expresión y de vida que le permitió participar  decisivamente en el quehacer nacional, tarea que continua hasta el presente.
Hay que tener en cuenta que en 1950, el Perú tenía menos de ocho millones de habitantes y Lima sólo un millón. No existían los actuales “conos” de la ciudad y la vida se desarrollaba principalmente en el Centro, del cual el Jr. de la Unión y la Colmena eran las arterias principales. La actividad comercial y empresarial se circunscribía al centro de la capital. Las incipientes industrias se emplazaban en las avenidas Argentina y Progreso, en la Carretera Central, en el Rimac y La Victoria. San Isidro y Miraflores eran estrictamente residenciales.
En esa época no había todavía televisión. Los medios informativos principales eran los diarios, como El Comercio, La Prensa, La Crónica. La radio comenzaba a consolidarse como medio entretenimiento, siendo las más importantes Radio Nacional, Radio Victoria, Radio Miraflores y Radio América.
 
En los primeros años heroicos de Caretas, Doris tenía que alternar las tareas periodísticas, de planificar y coordinar  las ediciones, con otras menos gloriosas pero igualmente indispensables, como conseguir, uno a uno, los avisos publicitarios  y el dinero para pagar al personal,  la imprenta y la distribución. Doris no tenía ningún problema en recorrer diariamente a pie  el centro de Lima, visitando todo tipo de negocios, grandes y pequeños, buscando avisos o reportajes para la revista.
Su poder de convencimiento era tal que el noventa por ciento de las veces salía con los contratos bajo el brazo.

Los anunciadores más renuentes se convertían en sus clientes fieles y amigos, y muchas veces en sus aliados en tiempos difíciles. Cuantas veces acompañamos a Doris en viejos taxis (no tenía auto propio en esa época y nunca le gustó manejar) hasta las fábricas de la avenida Argentina, del Callao, la Carretera Central, la Victoria o el Rímac para captar los avisos publicitarios que mantuvieran viva e independiente a Caretas.

No era fácil la tarea. Cuantas veces Doris recibió un NO rotundo a sus propuestas comerciales. Pero, no se daba por vencida, -nunca se daba-, y a la larga conseguía sus objetivos, adaptando sagazmente sus ideas a las necesidades de sus clientes prospectivos. Sus argumentos eran irrebatibles, su creatividad arrolladora.

Ganas de vivir

Diariamente, a la una de la tarde, Doris hacia un alto para tomar un café en el Cream Rica  del Jirón de la Unión o de la Plaza San Martín. Sabía que allí se encontraría con la gente de prensa, intelectuales y artistas mas connotados del momento. Por ahí también merodeaban los empresarios, políticos y “socialités” de turno. Era otro ritmo de vida, otra Lima que ya se ha alejado. Había una cierta bohemia muy agradable en la forma de hacer las cosas.

Casi todos los días, Doris  invitaba a media docena de comensales a almorzar. En su elegante departamento del 8vo. piso del jirón Camaná, doña Victoria, su extraordinaria y leal cocinera los esperaba con un almuerzo principesco, previos antipastos, pisco souers y vinos importados traídos de la  bodega de Guido Tubino. Las amenas y, a veces, muy acaloradas, tertulias se prolongaban toda la tarde, discutiendo sobre política, arte, historia, literatura o cualquier otro tema de actualidad.

 Así, sin darse cuenta, se iban “cocinando” los temarios de las futuras ediciones de Caretas. Cuantos personajes notables, cuantas  plumas magistrales, cuantos políticos importantes, cuantos artistas famosos, frecuentaron los salones azul añil de Doris Gibson, llenos de muebles antiguos, artesanías, baúles chinos, ángeles coloniales y peroles de cobre colgados de las paredes .Pero sobre todo cuadros, muchos cuadros de Sérvulo Gutiérrez, en los que la temática frecuente era Doris, en diferentes épocas, y siempre bajo las llamaradas apasionadas verde y rojo del genial pintor iqueño, su amor  mas apasionado e inefable.

Con Sérvulo, Doris había vivido el romance mas memorable de su vida. Eran seres extremadamente distintos y parecidos a la vez. Solo duró tres años, de 1946 a 1949, pero marcó su vida con un tierno recuerdo imborrable y alimenta hasta ahora el imaginario popular de la leyenda de Doris. Los salones azules de Doris Gibson acogieron a los personajes más notables de los últimos 60 años, como Ciro Alegría, Mario Vargas Llosa, Fernando Belaúnde Terry ,Enrique Chirinos Soto , Aurelio Miro Quesada, Luis Jaime Cisneros, Chabuca Granda, Víctor Delfín, Juan Gonzalo Rose, Alfonso Barrantes, Carmen Amaya , Victoria Santa Cruz, Mario Polar , Roberto Ramírez del Villar, Luis Bedoya Reyes, Alicia Maguiña, entre muchísimos otros…

El Periodismo como Adicción

Para Doris, Caretas fue una prolongación de su persona, sus oficinas una prolongación de su hogar y el personal de la revista una prolongación de su familia. Y esta es una apreciación literal, pues durante muchos años Doris vivió en el 8vo piso del Edificio La Nacional y Caretas funcionaba en el 3er. Piso. No habían fronteras definidas. La mística de trabajo, para Doris, exigía una integración y entrega total. Como en toda redacción que se respete, no habían días ni horarios fijos de trabajo, el personal siempre estaba de guardia, por vocación. Durante años, toda la gente de Caretas comía en el restaurant del frente, el “Koala”, por cuenta de la empresa.

A partir de la década del 80, Caretas se trasladó a su actual local del Portal del Botoneros, en la Plaza de Armas, y Doris se mudó a su nuevo departamento en Miraflores.
Como empresa, Caretas había crecido y se había consolidado. Doris pudo ir delegando en la gente que había formado las tareas más rudas de la revista. Enrique Zileri Gibson dirigió audaz y valientemente Caretas desde 1963 y fue quien  padeció las mayores persecuciones y deportaciones de los gobiernos de facto. Por la entereza de su larga gestión, Enrique Zileri también ha recibido muchas distinciones nacionales e internacionales.

 Recientemente la dirección de Caretas ha sido asumida por su hijo Marco Zileri Dougall, iniciando con ello la tercera generación de Doris Gibson. Sin embargo, nunca dejó de tener un ojo puesto en el día a día de su publicación, prácticamente  hasta que la sorprendió la ancianidad. La última etapa inquietante para Doris fue tal vez la del terrorismo y del gobierno dictatorial  de Fujimori-Montesinos que el propio  terrorismo provocó.

Pero, pese a la fuerte oposición y denuncias de corrupción de Caretas, esta vez no hubo requisas ni clausuras contra la revista. Sus últimos años de vida Doris los pasó retirada en su departamento miraflorino, recibiendo las frecuentes visitas cariñosas de sus familiares y amigos más cercanos.

 

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