En nombre de la Constitución, por Jefrey Buenaventura

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(Aeronoticias).– Cabe la certeza de pensar de que la propuesta de adelanto de elecciones no será la cura a los problemas de institucionalidad que tiene el país y, muy por el contrario, puede llegar a resultar peor que el mal que nos aqueja.

Hablamos de partidos políticos improvisados, armados a última hora con aspirantes y aventureros en política que solo aparecen en el cuadro de escena cuando se sancocha la posibilidad de ser electos en una suerte de selección hacia lo que estamos acostumbrados a definir siempre: “el mal menor”.

El Congreso ha dado una rotunda respuesta al enviar al archivo la propuesta de adelanto de elecciones. Y es que sin ir a más, el predictamen resumía el resultado de votación en el Pleno. A su turno, Pedro Olaechea, presidente del Congreso, expresaba las motivaciones de continuar trabajando en conjunto en la medida que yace su mano extendida al Ejecutivo.

El impacto mediático hizo eco en los medios, sin lugar a dudas, pero el apabullamiento y presión no tuvo el efecto esperado. La marcha a la que convocó el Premier no tuvo las características que debió tener una manifestación que “respalda” al gobierno.

El presidente Martín Vizcarra se ha desinflado en las encuestas, las calles no responden a sus iniciativas mientras que la propuesta de adelanto de elecciones pierde fuerza día a día. En resumen se está quedando cada vez más solo.

Resultaba evidente que las medidas populistas aplicadas durante su gestión fueron efectivas pero a su vez de un encanto breve.

La crisis vigente es el resultado de una actitud irresponsable e imprudente, pero sobre todo compartida, que se forjó tras la asunción de PPK a la presidencia. La oposición mayoritaria del Congreso representado por Fuerza Popular tuvo graves errores en la forma y fondo. Por su parte, un gobierno sin bancada, débil por donde se le analice y con un mandatario carente de fuerza y actitud política hicieron de la gobernabilidad un mamarracho.

Luego de la renuncia de PPK y la asunción de Vizcarra, las estructuras políticas han montado verdaderos cambios con errores dando a notar una supuesta homogenización política, en donde los principales actores mediáticos se alinean de tal manera que se deja entrever una agitación en rechazo a las medidas constitucionales que pudiese ejecutar el Parlamento.

El papel de las izquierdas, al ser minoría, ha sido cómodamente ubicable en los espacios que menos le afectaban y desde donde podían emitir un pronunciamiento basado en lo “políticamente correcto” aunque no necesariamente realista. Esto a pesar de ser una gran ayuda para renovar su imagen no lo han sabido aprovechar.

Por otro lado, los diversos gremios empresariales, responsables en gran medida del movimiento de la economía y la inversión en el país, se han pronunciado a favor de la estabilidad política sin alteraciones que ponga en riesgo el perfil democrático y la institucionalidad.

La salida a esta crisis debe ser por la vía constitucional, democrática y en diálogo que refleje una buena voluntad por parte de todas las fuerzas políticas representadas en el Congreso. Dicha medida significará el compromiso de una responsabilidad patriótica basada en los plenos intereses del país y no en los subalternos como pretenden por ahí algunos carroñeros de la política.

Martín Vizcarra puede pasar a la historia bajo una de dos figuras en nombre de la Constitución: el mandatario que cerró el Congreso ante la solicitud de voces agitadoras que buscan la inestabilidad del país o como el gobernante que alcanzó finalmente una salida constitucional que evitó la interrupción del mandato presidencial luego de tener tres períodos presidenciales completos, imperfectos pero democráticos en nuestra historia.

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Fotografía referencial.

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