Galardonan a apasionado defensor de los inmigrantes en EEUU

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Tenía 13 años el día en que la Patrulla Fronteriza se llevó a los padres de sus amigos del Teatro Million Dollar en Los Angeles. Bill Chandler hijo era parte de un público principalmente hispano que se había reunido para rendir homenaje al ídolo del cine mexicano Pedro Infante. Las mujeres empezaron a gritar tras la llegada de hombres armados con uniformes verdes, dijo Chandler. «Agarraron a los hijos también».
Chandler asistió para acompañar a algunos de sus amigos, ciudadanos estadounidenses por nacimiento. Los padres de sus amigos, nacidos fuera del país, fueron llevados a la cárcel. Ya han pasado más de 50 años, pero Chandler actúa como si todavía estuviese en una misión para enmendar lo que ocurrió durante esa tarde sabatina en California.
Desde el 2000, su trabajo como director de la organización no lucrativa Alianza por los Derechos de los Inmigrantes de Misisipí, con sede Jackson, ha provocado críticas y elogios; Más recientemente, un premio. Ahora de 68 años, ha sido nombrado ganador del Premio al Propósito 2009, un homenaje para los «promotores sociales» que superan los 60 años de edad de la llamada Campaña Encore Careers, que promueve las carreras en activismo social para «los innovadores en la segunda mitad de la vida».
Su premio consistirá en una computadora de alta tecnología. Chandler dijo que el regalo será bien recibido por su organización, MIRA. Chandler ha sido un activista social desde la primera mitad de su vida. Todavía era un adolescente cuando se volvió un firme defensor de los derechos laborales, mientras descargaba cerveza a cambio de 2,25 dólares por hora, que era más del doble del salario mínimo entonces.
Su pasión por las causas sociales «está en su ADN», afirmó la hija mayor de sus seis hijos, Carmen Ramos Chandler, de 46 años. «Está en el mío» también, agregó. Carmen Chandler, hija de la primera esposa de Bill Chandler, es una especialista en relaciones con la prensa egresada de la Universidad del Estado de California en Northridge. Una ex reportera, ella ayudó a organizar un sindicato en el que fuera su empleo alguna vez, el diario Los Angeles Daily News.
Su padre desciende de una línea de abolicionistas, como organizador de un sindicato del ferrocarril subterráneo. Con esos antecedentes, Bill Chandler podría haberse vuelto un reformador aunque nunca hubiese estado en el teatro Million Dollar ese día de 1954. Nacido en California, Chandler ha vivido en Misisipí desde 1989, cuando llegó a Jackson para ayudar a organizar el sindicato de los empleados estatales.
Después se volvió un organizador exitoso de sindicatos para los trabajadores de los casinos de Misisipí, un esfuerzo que derivó hace nueve años en MIRA, ahora algo que parece un asunto de familia. Tras el deceso de su primera esposa se casó con la activista de los derechos de los inmigrantes Patricia Ice. Ambos trabajan ahora en el vestíbulo en la sede principal de MIRA en Jackson.
La construcción donde está MIRA no tiene letreros y tiene una cámara de seguridad, para desalentar visitas de personas como el «tipo en la camioneta pickup blanca que ha estado acechándonos alrededor de nuestra casa», dijo Chandler. De habla suave pero muy tenaz, Chandler prefiere enfocarse en el lado optimista de las cosas, en un estado donde a menudo es rebasado en número por los «antis», particularmente en la legislatura estatal.
Uno de esos «antis» es el senador republicano Michael Watson, coautor de la Ley de Protección al Empleo de Misisipí, que obliga a los negocios a contratar ciudadanos estadounidenses con residencia legal, así como a verificar sus antecedentes con un sistema electrónico llamado E-Verify. Los programas de comprobación de empleo «están diseñados para ahuyentar a los latinos» del estado, aseguró Chandler.
Watson asegura: «Nosotros estamos obviamente en los extremos opuestos del espectro. Yo respeto el hecho de que él está trabajando duro por la comunidad inmigrante». Alisha Johnson está entre quienes apoyan al defensor de los inmigrantes. Chandler y su esposa la contrataron como asistente jurídica. Ella es una nativa de Nueva Orleáns que fue desplazada hace tres años por el huracán Katrina.
«Antes de que yo llegara a MIRA… estaba enfocada en nuestras heridas individuales y colectivas en Nueva Orleáns y ni siquiera había conocido a mis vecinos en Misisipí», dijo Johnson, «en particular las nuevas comunidades de inmigrantes, vulnerables e impotentes» en la costa estadounidense del Golfo de México. «Veo con nuevos ojos mi estatus y mi responsabilidad como ciudadana de este mundo», aseguró.
Chandler le restó importancia a las amenazas de violencia desde que era muy joven, cuando participó en protestas a favor de los derechos de los trabajadores agrícolas en California, dijo su mentor, Gilbert Padilla, de Fresno, California, quien trabajó junto al sindicalista César Chávez en la década de 1960. «Bill Chandler es uno de esos seres humanos únicos que siempre están allí para ayudar a la gente, sin importar quien sea _ negros, mestizos o blancos», dijo. «Fue arrestado varias veces, una vez por bloquear un puente».
Carmen Chandler nunca olvidará ese puente. En la década de 1960, había camiones en el Puente Internacional cargados con jornaleros mexicanos traídos del poblado de Miguel Alemán, al otro lado de la frontera con Texas, para ser «explotados», dijo. Entre quienes protestaron en el puente para intentar bloquear los camiones estaban su padre y su madre ya fallecida, Irene.
Lo que pasó luego es ilustrado por una fotografía de Carmen, tomada cuando ella tenía tres años. Ella aparece llorando mientras sostiene una pancarta en la que se lee «Quiero a mi mamá». Posteriormente, ella visitó a su madre en la cárcel y vio su «espalda ensangrentada», como resultado de haber sido arrastrada por el puente de acero por parte de los soldados estatales de Texas.
Cuando ella tenía seis años, mientras acompañaba a sus padres durante una protesta, un adulto le escupió a Carmen Chandler. Bill Chandler condujo a su hija y a sus hermanos por una vida que pocas personas considerarían «normal», comentó ella. «Pero yo no habría cambiado esa experiencia por nada en el mundo. Aprendí que cuando uno ve algo malo, hay que hacer algo al respecto», dijo.

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