¿Aún justificas tu fracaso diciendo que el amor «se fue»?

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(Aeronoticias).- He vuelto a leer las cartas que mi esposa conserva desde el  inicio de nuestra relación. Cartas  que son un testimonio de que aún me faltaba la decisión de implicarme total y personalmente en nuestro amor. En ellas  redescubro los vaivenes afectivos de un  aprendiz de escritor y  poeta, en frases de  encendidos sentimientos con un estilo nada original. ¡Cuánto he aprendido desde entonces!

Leo la primera que le escribí recién nos conocimos, empieza con la consabida frase: ¡la vida nos hizo coincidir!, para luego hacer una descripción de mis sentimientos con las que consideraba bellas y emotivas palabras,  que seducían, cantaban, bailaban… capaces de conquistar el espíritu de cualquier mujer que las leyera.

Enseguida encuentro una que le escribí después de aquel disgusto donde daba por hecho una definitiva separación; la comienzo con la lapidaria frase: “la vida nos separó”, pues  bien sabía que la dirigía a quien ya me quería. Luego añadía una retahíla de frases que invitaban a la resignación, al consuelo y al olvido, disculpándola y disculpándome; refiriéndome al amor como algo que había llegado desde afuera, de alguna misteriosa galaxia del universo, un golpe que atribuir a Cupido, en todo caso, un “algo” o “alguien ajeno”  que se había apoderado de nosotros,  sometiéndonos  a conmociones, sentimientos, ansias, anhelos, dolores y frustraciones (años después, me aclaro muy campante que todo eso me paso mí, pero no a ella).

Afortunadamente llego el momento en que comprendí que el amor no es un tercero al cual atribuirlo. Ese “alguien” por el cual nos lavamos las manos y al que le podemos cargar toda la responsabilidad de que en nosotros haya nacido el amor, de que nos haya hecho vivir, disfrutar y padecer, sobre todo, de que se nos haya muerto entre las manos sin saber cómo, ni cuándo, ni dónde se nos enfermó de muerte.

Claro está que como en toda historia amorosa, igual que en una escena, intervienen muchos actores, coreógrafos, músicos, etc. Pero los protagonistas somos los protagonistas. Nosotros y únicamente nosotros somos los que amamos, vivificamos, sostenemos, acrecentamos, restauramos  o matamos nuestros amores. Los responsables somos nosotros aunque intentemos disfrazarnos de otro, tan bien camuflados que los primeros en caer en el engaño somos nosotros mismos.

No renuncio ya a ser el protagonista de mi propia vida, de mi propio amor. Reconozco claramente mi capacidad de amar, y sobre todo, mi necesidad de ser amado, contando con todas las características humanas, pues amamos como somos. ¿Características? las buenas, las malas y las confusas, su grandeza y su miseria, sus contradicciones, sus limitaciones, sus verdades y apariencias,  engaños y autoengaños, el crecimiento, los desiertos y rutinas, los fracasos, caídas y regresos.

Y la vuelta perseverante a empezar, tan humilde y llena de humanidad.

Ya no trasfiero a otro ser misterioso mis conductas y responsabilidades en el amor, atrás quedo una actitud y aquel afán literario que recurría al hado, al destino, Orión o a la primavera.

Reflexión: La responsabilidad es la madurez de la libertad; el compromiso, la madurez de la responsabilidad; y el amor, la madurez del compromiso. El obrar sigue al ser.

Fuente: Aleteia.
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