El aterrizaje imposible del vuelo 232 de United Airlines: el avión que perdió todos sus sistemas hidráulicos y aun así llegó a tierra

En conclusión, el vuelo 232 demostró que incluso cuando la tecnología falla por completo, la experiencia y la coordinación de una tripulación pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Su legado continúa influyendo en la seguridad aérea más de tres décadas después.

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(Aeronoticias): El 19 de julio de 1989, un vuelo de United Airlines protagonizó una de las maniobras de emergencia más extraordinarias de la historia de la aviación. Un McDonnell Douglas DC-10 que cubría la ruta entre Denver y Chicago sufrió una falla catastrófica que dejó al avión prácticamente sin posibilidades de ser controlado.

A bordo viajaban 296 personas entre pasajeros y tripulación.

Mientras la aeronave volaba a más de 11.000 metros de altitud, el motor ubicado en la cola explotó debido a la fractura de un disco de titanio. Los fragmentos atravesaron la estructura del avión y destruyeron simultáneamente las tres líneas hidráulicas independientes.

Era una situación que los ingenieros consideraban prácticamente imposible.

Sin presión hidráulica, el DC-10 perdió el control de los alerones, el timón de dirección, los elevadores y prácticamente todas las superficies que permiten maniobrar un avión.

En otras palabras, los pilotos ya no podían girar, subir o bajar la aeronave mediante los controles tradicionales.

El comandante Al Haynes, junto con el primer oficial William Records, el ingeniero de vuelo Dudley Dvorak y un pasajero que resultó ser instructor de DC-10, Dennis Fitch, comenzaron a improvisar una solución nunca practicada en simuladores.

Descubrieron que podían controlar parcialmente la dirección del avión utilizando únicamente la potencia de los dos motores que aún funcionaban.

Aumentando o reduciendo el empuje de cada motor por separado, lograban realizar pequeños giros y modificar ligeramente la trayectoria del avión.

Durante casi una hora trabajaron coordinadamente para mantener la aeronave estable mientras buscaban un aeropuerto donde intentar un aterrizaje de emergencia.

Finalmente se dirigieron al aeropuerto de Sioux City, en Iowa.

La aproximación fue extremadamente difícil.

Sin controles hidráulicos, el avión descendía a una velocidad mucho mayor de la normal y era imposible alinearlo perfectamente con la pista.

Al tocar tierra, el DC-10 se inclinó, perdió un ala, giró violentamente y terminó partiéndose en varios segmentos antes de incendiarse.

A pesar de la magnitud del accidente, 184 de las 296 personas sobrevivieron.

Los investigadores concluyeron que la coordinación de la tripulación fue determinante para evitar una tragedia aún mayor.

El accidente cambió para siempre la industria aeronáutica.

Los fabricantes incorporaron nuevas medidas para evitar que una sola falla pudiera inutilizar simultáneamente todos los sistemas hidráulicos, y los programas de entrenamiento comenzaron a incluir escenarios de pérdida extrema de control.

Hoy, el vuelo 232 de United Airlines es estudiado en escuelas de aviación de todo el mundo como uno de los mayores ejemplos de liderazgo, trabajo en equipo y gestión de emergencias.

En conclusión, el vuelo 232 demostró que incluso cuando la tecnología falla por completo, la experiencia y la coordinación de una tripulación pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Su legado continúa influyendo en la seguridad aérea más de tres décadas después.

Fuente: Sebastian Palacin