(Aeronoticias):
El 5 de diciembre de 2012, un veterano Douglas C-47TP “Dakota” de la Fuerza Aérea Sudafricana (SAAF) se estrelló en la cordillera de Drakensberg, una de las zonas montañosas más complejas del país. La aeronave había despegado desde la Base Aérea Waterkloof con destino a Mthatha cuando desapareció del radar en medio de condiciones meteorológicas adversas. A bordo viajaban 11 personas —cinco tripulantes y seis pasajeros— y no hubo sobrevivientes.
El C-47, una evolución militar del histórico DC-3 de la Segunda Guerra Mundial, era una aeronave robusta y ampliamente respetada por su resistencia estructural. Sin embargo, aunque modernizado con motores turbopropulsores y aviónica actualizada, seguía siendo un avión diseñado en una era previa a muchos de los sistemas de alerta avanzados que hoy se consideran estándar en aviación comercial.
El vuelo se desarrollaba bajo condiciones meteorológicas instrumentales (IMC), lo que significa que la tripulación no contaba con referencias visuales externas claras debido a nubes, niebla y posible precipitación. Volar en IMC sobre terreno montañoso eleva exponencialmente el nivel de riesgo, ya que cualquier desviación mínima en altitud o trayectoria puede resultar crítica.
Según los hallazgos posteriores, la aeronave impactó contra una ladera en lo que técnicamente se clasifica como CFIT (Controlled Flight Into Terrain): el avión estaba estructuralmente operativo y bajo control, pero la tripulación perdió conciencia situacional respecto a la proximidad del terreno. En zonas como los Drakensberg, donde las elevaciones superan los 3 000 metros y las condiciones climáticas cambian con rapidez, el margen de error es extremadamente reducido.
Uno de los factores más analizados fue la gestión del perfil de vuelo en terreno elevado. En aviación de montaña, no basta con cumplir altitudes mínimas estándar; se requiere planificación específica de rutas, conocimiento detallado de picos y valles, y constante verificación cruzada de instrumentos. Cualquier error en la lectura de altímetro, presión atmosférica o configuración puede generar diferencias críticas de cientos de metros.
El accidente también reabrió el debate sobre la operación de aeronaves veteranas en misiones contemporáneas. Aunque el Dakota era técnicamente apto para volar, expertos señalaron que la combinación de plataforma antigua, entorno complejo y condiciones meteorológicas exigentes puede incrementar la carga de trabajo en cabina. A mayor carga de trabajo, mayor probabilidad de error humano.
Tras la tragedia, la Fuerza Aérea Sudafricana revisó protocolos de planificación de vuelo en zonas montañosas, reforzó entrenamientos en CRM (Crew Resource Management) y evaluó con mayor rigor la viabilidad de operar en IMC en áreas con topografía severa. El caso también reforzó la importancia de sistemas modernos de alerta de proximidad al terreno (TAWS/EGPWS), hoy considerados fundamentales para mitigar accidentes CFIT.
Más allá de lo técnico, el impacto humano fue profundo. Entre los fallecidos había miembros experimentados de la fuerza aérea, y la pérdida afectó tanto al ámbito militar como al civil. La cordillera de Drakensberg, símbolo natural de Sudáfrica, se convirtió en escenario de una tragedia que recordó que incluso aeronaves históricas y tripulaciones entrenadas no están exentas de los límites impuestos por la meteorología y la geografía.
El accidente del Dakota no fue producto de una explosión ni de una falla estructural catastrófica. Fue el resultado de una combinación de entorno hostil, presión operativa y factores humanos. Un recordatorio contundente de que en aviación, especialmente en montaña, el terreno siempre tiene la última palabra.
Fuente: Sebastian Palacin



