(Aeronoticias):
Mientras el tráfico aéreo global continúa recuperándose y, en muchos mercados, ya supera los niveles previos a la pandemia, los aeropuertos y los sistemas de control de tránsito aéreo enfrentan una crisis menos visible, pero cada vez más crítica: la saturación estructural. Retrasos crónicos, cancelaciones en cadena y congestión en plataformas y cielos no son hechos aislados, sino síntomas de una infraestructura que opera al borde de su capacidad real.
En los principales hubs regionales, el crecimiento de pasajeros no ha sido acompañado por una expansión proporcional de pistas, terminales ni recursos humanos. La planificación aeroportuaria, que históricamente se proyecta a décadas, quedó desfasada frente a un repunte de la demanda mucho más rápido de lo previsto. El resultado es un sistema rígido, con escaso margen para absorber imprevistos como mal clima, fallas técnicas o picos estacionales.
Uno de los puntos más críticos es el control de tránsito aéreo. En numerosos países, los centros de control operan con déficit de personal calificado. La formación de un controlador aéreo puede tomar entre tres y cinco años, y las jubilaciones anticipadas, sumadas a renuncias tras la pandemia, han dejado vacíos difíciles de cubrir. Esta escasez obliga a reducir capacidades operativas, limitar franjas horarias y aplicar regulaciones de flujo que impactan directamente en la puntualidad de los vuelos.
Los controladores advierten que la carga de trabajo se ha intensificado de forma sostenida. Sectores más congestionados, mayor complejidad del tráfico y menor margen para errores incrementan el estrés operacional. Aunque los sistemas modernos de gestión del tráfico aéreo ofrecen herramientas avanzadas, estas no sustituyen la experiencia humana ni compensan la falta de personal en situaciones de alta demanda.
En tierra, la situación no es menos preocupante. Aeropuertos diseñados para un volumen específico de operaciones hoy reciben aeronaves de mayor tamaño y mayor frecuencia. Las plataformas se saturan, los tiempos de rodaje se extienden y los slots se convierten en un recurso cada vez más disputado. Esta congestión incrementa el consumo de combustible, las emisiones y el riesgo de incidentes menores que, acumulados, afectan la seguridad general.
Las aerolíneas, presionadas por cumplir itinerarios cada vez más ajustados, se ven atrapadas en un sistema que no responde con la misma eficiencia que se le exige. Los márgenes de recuperación ante retrasos son mínimos, lo que transforma cualquier interrupción en un efecto dominó. Un vuelo demorado en un aeropuerto congestionado puede desencadenar cancelaciones a miles de kilómetros de distancia.
A nivel político y regulatorio, las inversiones en infraestructura suelen enfrentar obstáculos financieros, ambientales y sociales. La ampliación de aeropuertos genera resistencia local por ruido, impacto ambiental y uso del suelo. Sin embargo, postergar estas decisiones tiene un costo operativo creciente que, a largo plazo, termina siendo asumido por pasajeros, aerolíneas y el propio Estado.
La digitalización y la automatización se presentan como soluciones parciales. Sistemas de gestión colaborativa, inteligencia artificial para asignación de slots y optimización de flujos prometen mejoras, pero requieren integración entre múltiples actores que no siempre comparten prioridades ni incentivos. Además, la tecnología sin respaldo humano suficiente puede convertirse en un nuevo punto de vulnerabilidad.
Expertos coinciden en que la saturación aeroportuaria no es solo un problema logístico, sino un riesgo sistémico. Cuando la infraestructura opera constantemente al límite, cualquier desviación —por pequeña que sea— puede escalar rápidamente. En este contexto, la resiliencia del sistema aéreo se debilita, y la seguridad pasa a depender de la capacidad de improvisación más que de una planificación robusta.
La aviación moderna se enfrenta así a una paradoja: nunca hubo tanta demanda de vuelos, pero tampoco tanta fragilidad operativa. Resolver este desequilibrio exigirá decisiones impopulares, inversiones sostenidas y una coordinación real entre aerolíneas, aeropuertos y autoridades. De lo contrario, el colapso silencioso seguirá avanzando, normalizando el retraso y erosionando la confianza del pasajero.
Fuente: Sebastian Palacin



