(Aeronoticias):
La sobreventa de pasajes aéreos, conocida en la industria como overbooking, es una práctica tan extendida como controvertida. Aunque legal y regulada en la mayoría de los mercados, su aplicación cotidiana sigue generando conflictos recurrentes entre aerolíneas y pasajeros, convirtiéndose en uno de los principales factores de desgaste de la confianza en el transporte aéreo comercial.
El origen del overbooking responde a una lógica estadística. Las aerolíneas calculan que un porcentaje de pasajeros no se presentará al vuelo por cancelaciones, cambios de último momento o conexiones perdidas. Para maximizar la ocupación de la aeronave —y, por ende, la rentabilidad— se venden más asientos de los disponibles, apostando a que la demanda real se ajuste al número físico de plazas. En teoría, el sistema funciona. En la práctica, cuando todos los pasajeros se presentan, el conflicto es inevitable.
En esos casos, el impacto es directo y personal. Pasajeros con boleto confirmado, check-in realizado y, en ocasiones, ya en la puerta de embarque, son informados de que no podrán abordar. La sensación de arbitrariedad es inmediata, especialmente cuando el vuelo no presenta fallas técnicas ni causas externas evidentes. Aunque las normativas obligan a ofrecer compensaciones, reubicaciones y asistencia, el daño emocional y logístico ya está hecho.
Las aerolíneas defienden la sobreventa argumentando que reduce tarifas promedio y permite operar con mayor eficiencia. Sin este mecanismo, sostienen, los precios serían más altos para compensar los asientos vacíos. Sin embargo, esta justificación choca con la percepción del pasajero, que ve cómo el riesgo comercial de la empresa se traslada directamente a su experiencia personal, sin que haya mediado un error de su parte.
El problema se agrava cuando las compensaciones no se comunican con claridad o cuando los procesos se gestionan de manera improvisada. En situaciones de alta ocupación, las aerolíneas suelen solicitar voluntarios dispuestos a ceder su asiento a cambio de beneficios. Cuando no los hay, la decisión pasa a ser forzada, generando tensiones, discusiones públicas y, en algunos casos, incidentes que terminan viralizándose y dañando gravemente la imagen corporativa.
Desde el punto de vista regulatorio, las normas varían según el país, pero comparten una debilidad estructural: la compensación económica no siempre refleja el perjuicio real. Pérdida de reuniones, conexiones internacionales, eventos familiares o noches de hotel adicionales quedan, muchas veces, fuera de cualquier reembolso efectivo. El pasajero recibe dinero, pero no recupera el tiempo ni la oportunidad perdida.
A nivel operativo, el overbooking también genera presión sobre el personal de tierra, que se convierte en la cara visible de una decisión tomada por algoritmos y departamentos comerciales. Agentes de aeropuerto deben gestionar el conflicto en tiempo real, con recursos limitados y bajo la mirada de pasajeros frustrados, lo que incrementa el estrés y deteriora el clima laboral.
La discusión de fondo no es si la sobreventa debe existir o no, sino cómo se aplica y a quién beneficia realmente. En un contexto de vuelos llenos, demanda sostenida y tarifas en alza, cada vez resulta más difícil justificar una práctica que nació para compensar ausencias y hoy se utiliza como herramienta sistemática de maximización de ingresos.
La aviación se construyó sobre la base de la confianza: un boleto debía garantizar un asiento. Cuando ese principio se diluye, el sistema pierde legitimidad ante el usuario final. Mientras la sobreventa siga siendo percibida como una transferencia del riesgo empresarial al pasajero, el conflicto seguirá latente, por más legal que resulte en los manuales.
El desafío para la industria será redefinir esta práctica con criterios más transparentes, compensaciones realmente proporcionales y, sobre todo, con un respeto claro por el compromiso implícito que representa vender un pasaje aéreo.
Fuente: Sebastian Palacin



