(Aeronoticias):
El 10 de julio de 2018, un vuelo que debía ser una simple prueba técnica terminó convirtiéndose en uno de los accidentes más impactantes de la aviación sudafricana reciente. Un Convair CV-340, matrícula ZS-BRV, se estrelló poco después de despegar del Aeropuerto Wonderboom, en Pretoria, dejando un saldo de dos personas fallecidas y varios heridos graves. La aeronave, con más de seis décadas de historia, había sido restaurada para su traslado a un museo en los Países Bajos. Lo que debía ser una etapa final de verificación técnica terminó revelando una cadena de fallas operativas y humanas.
El Convair 340 era un avión bimotor de pistón fabricado en los años 50, una aeronave robusta que en su época fue símbolo de transición entre la aviación clásica y la era del jet. Sin embargo, su antigüedad implicaba desafíos técnicos considerables. La aeronave había sido sometida a trabajos de mantenimiento y ese día realizaba un vuelo de prueba con técnicos, tripulación y pasajeros invitados a bordo.
Minutos después del despegue, testigos en tierra reportaron humo proveniente del motor izquierdo. Grabaciones en video muestran llamas visibles mientras el avión aún intentaba ganar altura. La tripulación decidió regresar inmediatamente a Wonderboom, pero el fuego comenzó a afectar el rendimiento estructural y el control de la aeronave.
El informe posterior de la Autoridad de Aviación Civil de Sudáfrica reveló que el motor izquierdo había sufrido una falla catastrófica debido a problemas internos asociados a mantenimiento inadecuado y procedimientos incompletos de verificación. El incendio resultante debilitó el ala y provocó vibraciones severas. A baja altitud y con potencia asimétrica, el margen de maniobra era mínimo.
El avión perdió altura rápidamente y terminó impactando contra una zona industrial cercana al aeropuerto. La colisión con un edificio amplificó los daños. Uno de los tripulantes falleció poco después y otra persona murió a causa de las heridas días más tarde. Más de una docena de ocupantes resultaron heridos.
Más allá de la tragedia inmediata, el accidente abrió un debate profundo sobre la gestión de aeronaves históricas. Restaurar y operar aviones clásicos implica estándares técnicos rigurosos, pero también riesgos inherentes por la edad de componentes, disponibilidad limitada de repuestos originales y necesidad de experiencia especializada. No se trata solo de nostalgia aeronáutica; se trata de ingeniería compleja bajo presión operativa.
El informe técnico destacó deficiencias en la inspección previa al vuelo y en la evaluación de riesgos asociados al transporte de personas durante una fase de prueba. Aunque legalmente permitido bajo ciertas condiciones, el traslado de pasajeros en un vuelo de verificación añade una capa adicional de exposición que, en retrospectiva, resultó crítica.
Desde el punto de vista operativo, el accidente demostró la vulnerabilidad de aeronaves de pistón frente a incendios en motor, especialmente en fases iniciales del vuelo. A diferencia de los modernos aviones turbohélice o jet, estos modelos antiguos no cuentan con los mismos sistemas avanzados de monitoreo ni redundancias tecnológicas.
El impacto real fue doble. Por un lado, reforzó la supervisión sobre vuelos de prueba y sobre la certificación de aeronaves clásicas en Sudáfrica. Por otro, generó un debate internacional sobre la responsabilidad compartida entre propietarios, técnicos y autoridades cuando se trata de preservar patrimonio aeronáutico sin comprometer la seguridad.
Este accidente no fue consecuencia de un único error, sino de una cadena de decisiones técnicas y humanas. Y en aviación, cuando varias pequeñas fallas convergen, el resultado suele ser irreversible.
La lección es clara: incluso en vuelos de corta duración y carácter técnico, la disciplina operativa no admite concesiones. La historia aeronáutica merece preservarse, pero nunca a costa de la seguridad.
Fuente: Sebastian Palacin



