(Aeronoticias): El 24 de junio de 1975, el Vuelo Eastern Air Lines 66 protagonizó una de las tragedias más impactantes causadas por condiciones meteorológicas extremas en la aviación. El avión, un Boeing 727 de la aerolínea Eastern Air Lines, se encontraba en fase final de aproximación al aeropuerto JFK en Nueva York.
Ese día, una intensa tormenta se desarrollaba sobre la zona, caracterizada por lluvias fuertes, ráfagas irregulares y actividad eléctrica. Lo que no era evidente en ese momento era la presencia de un fenómeno altamente peligroso: la cizalladura del viento o wind shear, asociada a corrientes descendentes similares a microbursts.
Mientras el avión descendía, ingresó en esta zona de turbulencia extrema. Inicialmente, la aeronave recibió un impulso de viento de frente que aumentó su velocidad, lo que llevó a la tripulación a reducir potencia. Segundos después, el patrón del viento cambió abruptamente: una fuerte corriente descendente y luego viento de cola provocaron una pérdida súbita de sustentación.
El Boeing 727 comenzó a descender de forma incontrolable, cayendo por debajo de la trayectoria segura de aproximación. Impactó primero contra las luces de la pista y posteriormente se estrelló antes de llegar al aeropuerto. El accidente dejó 113 fallecidos y solo 11 sobrevivientes de las 124 personas a bordo.
En ese momento, la comprensión sobre el impacto de tormentas severas en fases críticas del vuelo era limitada. Aunque las tormentas eran visibles, los fenómenos internos como el wind shear no podían detectarse con precisión mediante los sistemas disponibles.
La investigación concluyó que la tormenta no solo fue un factor, sino el detonante principal del accidente, al generar condiciones aerodinámicas extremas imposibles de manejar sin información previa.
Este evento marcó un punto de inflexión en la aviación. A raíz del accidente, se desarrollaron sistemas avanzados como el radar Doppler terrestre y sensores a bordo capaces de detectar cizalladura del viento en tiempo real. También se modificaron los procedimientos de aproximación y el entrenamiento de pilotos para enfrentar estos escenarios.
El vuelo Eastern Air Lines 66 demostró que no todas las amenazas en el cielo son visibles, y que una tormenta puede esconder fuerzas capaces de derribar una aeronave en cuestión de segundos.
Hoy, gracias a las lecciones aprendidas de este accidente, la aviación moderna cuenta con herramientas que permiten anticipar y evitar este tipo de fenómenos, reduciendo significativamente el riesgo.
Fuente: Sebastian Palacin



