(Aeronoticias): El 23 de julio de 1983, un Boeing 767 de Air Canada protagonizó una de las historias más extraordinarias de la aviación moderna. Lo que comenzó como un vuelo rutinario terminó convirtiéndose en un caso de estudio mundial sobre habilidad de pilotaje, toma de decisiones y supervivencia.
El vuelo 143 de Air Canada había despegado de Montreal con destino a Edmonton, realizando una escala en Ottawa. A bordo viajaban 69 personas entre pasajeros y tripulación.
Durante el trayecto, la aeronave comenzó a presentar advertencias relacionadas con el sistema de combustible. Sin embargo, nadie imaginaba que el avión estaba consumiendo una cantidad muy superior a la que indicaban los cálculos realizados antes del despegue.
La causa del problema se remontaba a un error de conversión entre libras y kilogramos.
Canadá estaba adoptando el sistema métrico, mientras que parte de los procedimientos y equipos aún utilizaban medidas imperiales. Debido a un cálculo incorrecto durante la carga de combustible, el Boeing había sido abastecido con menos de la mitad del combustible necesario para completar el vuelo.
A más de 12.000 metros de altitud, ocurrió lo impensable.
Primero se apagó un motor.
Pocos minutos después, el segundo motor también dejó de funcionar.
El avión se quedó completamente sin combustible.
Sin energía proveniente de los motores, numerosos sistemas dejaron de operar. Afortunadamente, el Boeing 767 contaba con una pequeña turbina de emergencia conocida como Ram Air Turbine (RAT), que proporcionó energía mínima para mantener algunos controles esenciales.
De repente, un avión comercial de más de 130 toneladas se convirtió en un enorme planeador.
Los pilotos, el capitán Robert Pearson y el primer oficial Maurice Quintal, debían encontrar un lugar donde aterrizar antes de perder toda la altitud disponible.
Quintal recordó una antigua base aérea en Gimli, Manitoba, que conocía por su experiencia militar. Lo que desconocían era que parte de la pista había sido convertida en una zona recreativa y ese día se realizaba un evento automovilístico.
A medida que el avión descendía, los pilotos realizaron maniobras poco habituales para perder velocidad sin motores y alinearse correctamente con la pista.
Finalmente, el Boeing tocó tierra a gran velocidad.
El tren de aterrizaje delantero colapsó durante la maniobra, pero la aeronave se deslizó hasta detenerse sin incendiarse.
Milagrosamente, las 69 personas sobrevivieron.
Solo se registraron heridas menores.
La investigación posterior confirmó que la causa principal fue el error de cálculo durante la carga de combustible, convirtiendo el incidente en una de las lecciones más importantes sobre factores humanos y procedimientos operacionales.
Hoy, el «Gimli Glider» sigue siendo estudiado en escuelas de aviación de todo el mundo como ejemplo de gestión de emergencias y trabajo en equipo en cabina.
En conclusión, el aterrizaje del Gimli Glider demostró que la preparación, la experiencia y la capacidad de mantener la calma pueden marcar la diferencia entre una tragedia y un milagro. Lo que parecía un accidente inevitable terminó convirtiéndose en una de las historias de supervivencia más impresionantes de la aviación comercial.
Fuente: Sebastian Palacin



